Una familia limpiaba un terreno donde se construiría su casa, en el lugar había mucho pastizal seco y hierbas. Para realizar más rápidamente la tarea, contrataron a dos personas más


Cuando la señora encendió fuego para quemar un pequeño montón de basura, la llama  empezó a expandirse rápidamente por la hierba seca. Su esposo se apresuró a ayudarla llevando agua junto con sus dos niñas.

En la desesperación la mujer tomó una gran rama de hierba fresca y golpeó fuertemente el fuego, logrando apagar las llamas, mientras su esposo junto a las niñas sofocaban el incendio en el otro extremo. Después de mucho esfuerzo lograron extinguirlo. Pero, ¿dónde estaban los dos varones que fueron contratados? Seguían trabajando en lo que se les había encomendado y ni siquiera se movieron para ayudar.

Esta situación me hizo reflexionar sobre cómo reaccionamos ante los problemas que enfrentan de los demás, ¿nos involucramos para ayudar o nos hacemos de la vista gorda?
Quizás nuestra ayuda parezca mínima pero se puede comparar al apoyo de las niñas que aun sin tener las fuerzas suficientes, aportaron para apagar algunas llamas del fuego. El  trabajo conjunto hace gran fuerza en cualquier caso, mientras que quedarse al margen no tiene ningún peso aquí en la tierra ni tampoco en el cielo. En las Escrituras dice: “No te niegues a hacer un favor, siempre que puedas hacerlo. Nunca digas: «Te ayudaré mañana», cuando puedas ayudar hoy.” Proverbios 3:27-28 (TLA)

A lo mejor no resolveremos por completo los problemas de los demás pero si aportaremos a una solución, lo poco que podamos hacer será de mucha ayuda a quien lo necesita.

No te quedes sólo mirando el mal que pasa tu prójimo ¡Involúcrate y ayuda!