Cuentan que una mujer hablaba con su pastor y le decía:

–    Acepto todo lo que me dice, pastor, yo no le deseo a ella mal alguno, pero no quiero verla… 

–    Entonces, ¡Vaya conflicto para usted, hermana, cuando entre en el cielo si ella muere antes! – Contestó el pastor.

–    ¿Cómo?… ¿Cómo? – Tartamudeó ella.

–    Sí, hermana… ya la imagino mirando por la puerta para entrar cuando ella no la vea, y viviendo toda la eternidad mirando de no encontrarse con ella por las calles de la Celestial Ciudad… o cuando cantemos los himnos, ¿no teme que se le note en la voz que usted está en guerra con un hijo de Dios?

La mujer como espantada rogó:

–    Pastor, ayúdeme en oración, que me voy a prisa a ver a la hermana.

No es fácil cumplir el mandamiento de amarnos los unos a los otros pero tampoco podemos ignorarlo. Todos nos molestamos y hasta enojamos con nuestros hermanos porque somos humanos y como tales pensamos diferente, sentimos distinto, nuestros  objetivos pueden no ser los mismos… el carácter y temperamento de cada uno es único y muchas veces hay choques. 

Sin embargo, la palabra de Dios nos manda a amarnos y perdonarnos, lo que implica restaurar la relación y que no quede solamente en “pedirnos” perdón, sino que debe ser algo genuino, más allá de las palabras.

“Sean comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que los ofenda. Recuerden que el Señor los perdonó a ustedes, así que ustedes deben perdonar a otros. Sobre todo, vístanse de amor, lo cual nos une a todos en perfecta armonía.  Y que la paz que viene de Cristo gobierne en sus corazones. Pues, como miembros de un mismo cuerpo, ustedes son llamados a vivir en paz. Y sean siempre agradecidos”. Colosenses 3:13-15 (NTV)

Todo lo que vivimos en esta tierra es un entrenamiento para lo que será el cielo, el congregarnos y aprender a amar a nuestros hermanos, pese a nuestras diferencias, también nos prepara para lo que será la eternidad, donde todos habitaremos juntos.

¿Tienes algún problema con alguien?  ¿Realmente has perdonado a quien te ofendió? Es hora de que perdones de verdad a esa persona y permitas que Dios restaure su relación; porque si no, ¿Qué harás cuando se encuentren en el cielo?